Paz

La Corte Constitucional le abre la puerta a los acuerdos de paz

 

El alto tribunal admite una demanda que pide rango de tratado para los compromisos que se suscriban en la mesa de La Habana y espera conocer el concepto de la guerrilla sobre el tema

Mientras la mesa de conversaciones entre el gobierno colombiano y la guerrilla de las FARC aborda los últimos dos puntos de la agenda, la Corte Constitucional entra en el debate sobre el alcance de un eventual acuerdo final de paz.

Esta semana se conoció que la corte admitió una iniciativa del exfiscal general de la Nación, Eduardo Montealegre, que plantea que los acuerdos de paz se reconozcan como un tratado.

Según la iniciativa de Montealegre, los arreglos de la mesa de La Habana, Cuba, deben ser considerados un “tratado especial de paz”, lo que les daría un rango constitucional. Esta medida los blindaría de un eventual desconocimiento por parte de las autoridades del Estado colombiano.

La propuesta fue saludada por líderes políticos que apoyan el proceso de paz. “Apoyo decisión de la Corte Constitucional de examinar otorgarle a acuerdos de paz carácter de acuerdo especial y garantizar su blindaje jurídico”, dijo por ejemplo el senador Iván Cepeda.

Montealegre demuestra ser un jurista moderno y progresista. Propuesta de elevar a rango constitucional Acuerdo de La Habana es viable”, afirmó por su parte Carlos Lozano, director del Semanario Voz y vocero de Marcha Patriótica, en su cuenta personal de Twitter.

Según Semana.com, el magistrado Jorge Iván Palacio pidió a la delegación de paz de las FARC un concepto escrito frente a la demanda. Otros medios plantearon la posibilidad de que miembros del equipo negociador de la insurgencia asistieran personalmente a una audiencia ante la corte.

Más allá del eventual mecanismo de participación que tendría la insurgencia ante ese tribunal (posibilidad que desató la rabia de los opositores al proceso de paz), lo que se reafirma es la necesidad de respetar el mecanismo de bilateralidad de la mesa.

Elevar al rango de Acuerdos especiales los Acuerdos de La Habana constituye la vía más expedita para garantizar su seguridad jurídica”, expresó por su parte Iván Márquez, jefe de la delegación negociadora de las FARC. 

“Agradecemos al magistrado Jorge Iván Palacio invitación a FARC a exponer en audiencia de la Corte su visión sobre Acuerdos Especiales”, agregó el líder insurgente.

Si bien funcionarios del gobierno plantearon objeciones al escenario que abre la corte, analistas jurídicos han expresado la viabilidad de este escenario y la necesidad de que las dos partes de la mesa tomen decisiones sobre los alcances de la negociación. 

En caso de que la corte reconozca el rango de tratado para los acuerdos de paz que se suscriban en La Habana, estos adquirirían rango constitucional y se evitaría su desconocimiento por parte de eventuales gobiernos que no los compartan.

Además, esta fórmula permitiría avanzar hacia el fin del conflicto y le daría al proceso un camino expedito a la implementación de los acuerdos. También haría innecesario el plebiscito pero dejaría abiertas las opciones para que la mesa defina una refrendación popular y la posibilidad de una Asamblea Nacional Constituyente.

El tema se está tratando en la mesa como posibilidad de aseguramiento jurídico de los convenios y de anticipar la terminación del conflicto”, aclaró Márquez ante el debate que generó el caso.

De prosperar la iniciativa del magistrado Palacio, las FARC podrían expresarle oficialmente a la Corte Constitucional si creen que las negociaciones que han adelantado con el Gobierno tienen el estatus de un tratado. Sería un escenario inédito que marcaría un hito en una democracia en transición en el marco de una salida política negociada a un conflicto de 52 años que hoy se busca superar.

 

Oficina de Prensa Marcha Patriótica

Paz

Paramilitares: enemigos armados de la paz en Colombia

 

Las negociaciones de paz tienen un significativo consenso en el exterior, pero en el país enfrentan desafíos

En un intento por debilitar el apoyo de la Unión Europea y de España al proceso de paz entre el Gobierno colombiano y las guerrillas, el expresidente y senador, Álvaro Uribe Vélez, estuvo recientemente en Madrid, donde se reunió con diferentes autoridades y medios de comunicación. No obstante sus ingentes esfuerzos, la visita no tuvo la repercusión que él y sus seguidores esperaban.

Ese cabildeo no ha podido debilitar el respaldo que va adquiriendo el proceso de paz en la Unión Europea y en la comunidad internacional en general, especialmente si se tienen en cuenta los anuncios de apoyo político y económico a las negociaciones. Dos hechos lo han expresado de manera elocuente: la resolución adoptada por unanimidad por el Consejo de Seguridad de la ONU, y los encuentros del secretario de Estado de EE UU, con las delegaciones de paz en La Habana.

Las negociaciones de paz tienen un significativo consenso en el exterior, pero en el país enfrentan desafíos. Con la captura del hermano del expresidente Uribe, Santiago Uribe, (acusado de delitos graves, entre ellos, el de conformación de grupos paramilitares en el norte de Antioquia), coincidió en los últimos meses, una escalada de ataques por parte de estructuras paramilitares, que incluye amenazas a reclamantes de tierras, defensores de derechos humanos, y miembros del movimiento político Marcha Patriótica. Esta estrategia, que el Gobierno le atribuye a bandas criminales, incluiría una campaña contra la restitución de tierras que involucraría exparamilitares, políticos de extrema derecha y el jefe del Ministerio Público, Alejandro Ordóñez.

A las puertas de la firma de un acuerdo de paz, mientras el Gobierno y muchos sectores niegan la existencia del paramilitarismo, y otros acuñan la tesis del uribismo y de la extrema derecha de que este fenómeno fue “desmantelado” por el expresidente Uribe, muchos de los partidarios de la paz ven al paramilitarismo como un peligro evidente para la transición y como la extrema derecha armada.

Durante años, Colombia ha sido el laboratorio de estrategias de guerra que se han desarrollado en el plano internacional, como lo fue la creación de estructuras paramilitares en la lucha contrainsurgente. En el pasado, esas estructuras fueron la principal amenaza a los procesos de paz que fracasaron con las Farc, incluyendo el proceso en Uribe (Meta). A mediados de la década de 1980, los paramilitares, junto a agentes del Estado, asesinaron a más de 5.000 miembros del movimiento político Unión Patriótica, que promovía la solución dialogada al conflicto.

Treinta años después, la sombra del paramilitarismo sigue presente en la víspera de un acuerdo de paz.

Quienes afirmamos su existencia, vemos la nueva ola de violencia con características concomitantes con ese fenómeno: vínculos con funcionarios del Estado y con empresarios, exparamilitares retomando el poder y ataques a figuras políticas y a adversarios del narcotráfico. Son fuerzas que van mucho más allá de cuidar el negocio del narcotráfico. La Procuraduría sigue actualmente 519 procesos disciplinarios contra mandatarios regionales y miembros de las fuerzas armadas por faltas relacionadas con presuntos nexos con esta clase grupos ilegales.

Estas estructuras tienen entre sus objetivos atacar la ley de restitución de tierras y cualquier intento de reforma agraria, así como silenciar a quienes defienden derechos humanos o a los movimientos sociales: en 2015 fueron asesinados seis defensores de derechos humanos según Naciones Unidas.

El Gobierno tiene en sus manos contrarrestar a los paramilitares con una política de coerción, de la mano de una política de sometimiento a la justicia, y mostrar voluntad, con programas piloto en las regiones afectadas, y con cambios sociales. Llevar a cabo capturas de personas vinculadas, depurar las Instituciones, y aumentar la capacidad de acción de organismos como la Defensoría del Pueblo. En el plano de la política, endurecer las sanciones, no solo a los políticos relacionados con paramilitares (“parapolítica”), sino a los partidos de los cuales hacen parte. Y lo más importante: que, al tiempo de un acuerdo de paz con la guerrilla, se llegue también a un acuerdo nacional para que nunca más se utilicen las armas en la política.

 

Iván Cepeda Castro es senador del Polo Democrático en el Congreso de Colombia

 

Tomado de http://internacional.elpais.com/internacional/2016/04/28/colombia/1461797998_082037.html

Paz

Claudio Tique: “Mi lucha es por la verdad”

 

Todavía hacía frío cuando encontré con el celular en mano a Claudio Tique parado frente a la estación de Transmilenio de Patio Bonito. A pesar de no conocerlo, el saludo fue caluroso. Me invita a su casa situada dos cuadras arriba de la salida sur de la estación, con el fin de relatarme su historia.

Claudio Tique Briñes nació en Ortega, Tolima y hace parte de la larga lista de víctimas crímenes de estado. Con su familia se trasladó hacia Puerto Boyacá donde en el año 1957 sufrió su primer  desplazamiento  forzado con tan sólo catorce años. 

Y consigno aquí el primer desplazamiento ya que a éste le siguieron cuatro más. En el año 83 fue desplazado de Girardot. Ya casado y con dos hijos  llegó a Mapiripán  en el departamento del Meta. Construyó su casa en un terreno apto para la producción agrícola y para la ganadería y se estableció durante  catorce años, hasta que en julio de 1997 ocurrió lo que ningún habitante hubiera podido imaginar: La masacre de Mapiripán. Con lagrimas en sus ojos me dice: -“Sólo escuchaba la balacera, gritos de mujeres y niños. Los animales tampoco se callaban y yo sólo podía pensar en mi mujer y mis dos hijos”-. Vi en él un hombre fuerte con un rostro cansado, lleno  de dolor y sufrimiento.


Ese mismo año salió de Mapiripán, esta vez hacia Bogotá en donde vivió seis meses, y fue víctima nuevamente del desplazamiento por parte de grupos paramilitares  establecidos en el casco urbano de la capital.

Don Claudio llegó en  1998 a Charra, Guaviare, con su mujer y  sólo un hijo, pues según lo que me contó,  Benjamín Tique desapareció desde  la masacre  de 1997.  Una vez más las lagrimas surcan su rostro y esta vez, aprieta con fuerza mi mano, mientras yo  con  la otra, le abrazo la espalda.

La historia se repitió una vez más. En el 2005 Don Claudio volvió a Bogotá. Separado de su mujer se instaló en lo que hoy es su casa. Retazos de plástico,  madera y latas. Una cama inestable, sin luz, ni agua en medio de un terreno que es utilizado para el reciclaje.  – “¿Le parece a usted justo vivir así? Yo tenía mi terreno con mis pollos y vacas, las hortalizas que nos daban de comer, para pasar a vivir en esto, en medio de esto…”


Me quedo sin palabras. No sé que decir. Ahora son mis ojos los que se llenan de lágrimas. –“No, no me parece justo”-  le respondo  al señor de 74 años que no deja de mirarme.  Evidentemente no es justo, es más bien un claro ejemplo de lo que  la injusticia significa, una de sus tantas manifestaciones.

Don Claudio continua su relato y en el transcurso veo como cambia su semblante. –“Yo no me rindo, ni bajo la guardia. Mi lucha es por la verdad, por que cuando hay verdad también hay poder”-. Me comenta que hace parte del MOVICE (Movimiento de Victimas de Crímenes de Estado) y también asiste a cada una de las reuniones que organiza  ASPODEGUA (Asociación de Población Desplazada del Guaviare) y con orgullo menciona su labor como denunciante de la Masacre de Mapiripán. No entiendo cómo o porqué después de tanto dolor y sufrimiento veo algo de esperanza en él. 

Ya eran las diez de la mañana y Don Claudio debía estar a las once en el parqueadero de un  Centro Comercial cercano, dice él ‘limosneando’, por que no tiene un sueldo fijo sino vive de lo que le quieran dar los dueños de los carros.

Llega el momento de despedirnos, me acompaña nuevamente hasta la estación de Transmilenio, no sin antes tomarnos un tinto en la panadería donde generalmente desayuna.  -“Trabajemos unidos por que unidos venceremos. Hablamos de Derechos Humanos y esto significa respetar su vida como sea, que es lo que no se respeta. Asesinan a nuestros hijos, mujeres, compañeros, a los campesinos reclamantes de tierras pero todavía estamos los que, así estemos viejos, queremos un lugar mejor para los que vienen”

Nos levantamos de la mesa y salimos hacia la estación. El abrazo de despedida es aún más fuerte que el mismo saludo caluroso. Me queda un sin sabor, un nudo en la garganta. Pero sus anteriores palabras también me hacen cambiar mi semblante. Sé que todavía existen seres, que como yo, quieren un lugar mejor para los que han de venir.

 

 

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