La paz sin Uribe

Blogger David Flórez
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Por @DavidFlorezMP

Más allá de cómo termine esta fase de ajustes al acuerdo de La Habana, y de los múltiples esfuerzos que tanto el gobierno como las FARC vienen realizando para incluir a los múltiples sectores que promovieron el No en el plebiscito en un pacto de paz, todo parece indicar que el Centro Democrático se quedará deliberadamente por fuera.

Álvaro Uribe, como viejo zorro, presentó “propuestas” que van enfocadas a acabar con el núcleo central del acuerdo logrado. Propuestas que sabe de antemano que no serán aceptadas por la insurgencia.

No es viable que las FARC acepten dar el paso a la vida política legal sin que sus jefes puedan presentarse a elecciones. Ni que se acepte un modelo de justicia ordinaria más parecido a una fórmula de sometimiento que defrauda a las víctimas de todos los actores del conflicto. Ni mucho menos que una guerrilla que cuenta con una base especialmente campesina no busque mínimas transformaciones en la ruralidad colombiana.

Está claro que Uribe no quiere la paz, ya que en buena medida el futuro de su proyecto político depende de la continuidad de la guerra.

La estrategia es evidente: prolongar al máximo el actual limbo político y jurídico, posteriormente posar de victima excluida del acuerdo final, para concluir con un accionar sistemático dirigido a impedir la implementación de las transformaciones que traiga consigo el pacto de paz.

En su propósito, utilizará una vez más múltiples y variados repertorios, por demás ampliamente conocidos: una fuerte campaña mediática dirigida a desinformar y a generar temor frente a los cambios que necesariamente se darán en el país, promover movilizaciones que contrarresten las expresiones ciudadanas a favor de la paz, utilizar a Néstor Humberto Martínez desde la Fiscalía como lo hizo con Alejandro Ordoñez en la Procuraduría, aliarse con élites locales de dudosa procedencia y, por supuesto, intentar ganar las elecciones del 2018 con mayor ahínco después de los resultados del plebiscito. 

Ante este difícil panorama, no queda otro camino que avanzar en la implementación del nuevo acuerdo logrando la incorporación de otras fuerzas políticas y de grupos ciudadanos pero sin Uribe, teniendo como premisa máxima que la satisfacción del derecho a la paz que tenemos todos los colombianos, y especialmente quienes más sufren el conflicto, no puede depender de cálculos mezquinos de ningún partido político o sector económico. Mucho menos de una sola persona.

Las posibilidades de superar el complicado escollo que puede significar para la implementación de un nuevo acuerdo de  paz una oposición tan fuerte como la ejercida por el centro democrático y todos los sectores de poder que lo acompañan, están dadas especialmente por las acciones que inteligentemente deben desarrollar el presidente Santos, las FARC y los grupos ciudadanos interesados en la paz.

El presidente Juan Manuel Santos deberá ejercer un liderazgo real, comprometiéndose realmente con la pedagogía de los acuerdos de paz y los beneficios de estos, generando una estrategia comunicativa certera que le llegue a los sectores urbanos, especialmente a los estratos más pobres, alineando a los grupos políticos y económicos de su coalición de gobierno y, sobre todo en lo que se refiere al proceso, plantarle pelea fuerte y contundente a la extrema derecha representada en el uribismo.

Las FARC, por su parte, pueden ayudar mucho a ganar mayor aceptación de los acuerdos y a su implementación, aumentando y ampliando los mensajes de reconocimiento de las víctimas, de solicitud de perdón y de reconciliación, y fortaleciendo la relación de respeto y reconocimiento que el proceso de paz les ha permitido construir con las Fuerzas Militares colombianas.

El movimiento ciudadano a favor de la paz que ha despertado después de la victoria del No, en medio de su heterogeneidad, tiene el reto de superar el coyunturalismo   y de entender que el desafío que se presenta no es una carrera de velocidad sino de resistencia. Esto es así toda vez que su tarea no se agota en la consecución de un nuevo acuerdo, sino en la nada fácil labor de ganarse los corazones y las mentes de la mayoría de los colombianos para la implementación de los acuerdos y en hacerle frente a los no pocos intentos que el señor Uribe y sus amigos gestarán para echar abajo lo acordado.