Un vil Estado

Análisis y opinión Marcha Patriótica
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La guerrilla prescindió de las “retenciones económicas”, declaró cinco treguas unilaterales, la última indefinida, y liberó a los militares retenidos, y el Gobierno de Santos, que no ha dado nada, sigue exigiendo más “demostraciones de voluntad” para concretar los puntos del fin del conflicto

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Carlos A. Lozano Guillén
carloslozanogui@outlook.es


El Estado es el principal responsable del conflicto colombiano y de la degradación del mismo. A lo largo de la historia, el Estado dominante y la clase oligárquica que lo ha usufructuado ejercieron el poder mediante la violencia, despreciando la democracia y las reformas políticas y sociales para un sistema avanzado, de libertades y de bienestar. En ello está la génesis del conflicto, cuyas raíces se hunden en la historia republicana, después del Libertador Simón Bolívar, víctima de las traiciones y conspiraciones de esa misma clase dominante con ínfulas de rancia aristocracia santafereña, como solía decir el inolvidable comandante Hugo Rafael Chávez Frías.

Es un vil Estado, despreciable, porque ha sido diseñado en beneficio de una pequeña plutocracia que defiende el poder a sangre y fuego. Así es hasta estos días del año 2015 que apenas comienza. Lo defiende con ahínco y con todas las formas de lucha, porque una apertura democrática pone en peligro sus privilegios y prebendas a expensas del trabajo del pueblo colombiano.

En ello radica la histórica oposición a la solución política dialogada del conflicto, que necesariamente debe conducir a un nuevo estadio de la vida nacional con democracia y justicia social, donde la violencia no sea el instrumento de dirimir los conflictos sino la participación ciudadana a través de su libre y soberana decisión.

Es lo que soslayan los mandatarios de turno, cada vez que buscan la paz mediante el diálogo con las insurgencias, pero con ventajismo, con exigencia de unilateralidad y sin interés por los cambios de fondo en la vida nacional. El diálogo siempre está acompañado del martillo de la guerra, con la intención siempre fracasada de llevar derrotados a los guerrilleros a la mesa para negociar su rendición.

En estos días en que el presidente Santos anunció la decisión de conversar sobre el “Fin del conflicto” y por ende sobre los temas concretos de bajar la intensidad de la confrontación y del cese de fuegos bilateral y definitivo, se repite la historia, porque las buenas noticias, en general, están acompañadas, en particular, de exigencias unilaterales que se brincan el criterio de bilateralidad y de actos recíprocos propios del espíritu del Acuerdo de La Habana.

La guerrilla prescindió de las “retenciones económicas”, declaró cinco treguas unilaterales, la última indefinida, y liberó a los militares retenidos, entre ellos al general Alzate, y el Gobierno de Santos que no ha dado nada, sigue exigiendo más “demostraciones de voluntad” para concretar los puntos del fin del conflicto, mientras apuntala el neoliberalismo y la represión. De seguir por ese camino será muy difícil llegar a la paz estable y duradera.

Semanario Voz

La guerrilla prescindió de las “retenciones económicas”, declaró cinco treguas unilaterales, la última indefinida, y liberó a los militares retenidos, y el Gobierno de Santos, que no ha dado nada, sigue exigiendo más “demostraciones de voluntad” para concretar los puntos del fin del conflicto

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Carlos A. Lozano Guillén
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El Estado es el principal responsable del conflicto colombiano y de la degradación del mismo. A lo largo de la historia, el Estado dominante y la clase oligárquica que lo ha usufructuado ejercieron el poder mediante la violencia, despreciando la democracia y las reformas políticas y sociales para un sistema avanzado, de libertades y de bienestar. En ello está la génesis del conflicto, cuyas raíces se hunden en la historia republicana, después del Libertador Simón Bolívar, víctima de las traiciones y conspiraciones de esa misma clase dominante con ínfulas de rancia aristocracia santafereña, como solía decir el inolvidable comandante Hugo Rafael Chávez Frías.

Es un vil Estado, despreciable, porque ha sido diseñado en beneficio de una pequeña plutocracia que defiende el poder a sangre y fuego. Así es hasta estos días del año 2015 que apenas comienza. Lo defiende con ahínco y con todas las formas de lucha, porque una apertura democrática pone en peligro sus privilegios y prebendas a expensas del trabajo del pueblo colombiano.

En ello radica la histórica oposición a la solución política dialogada del conflicto, que necesariamente debe conducir a un nuevo estadio de la vida nacional con democracia y justicia social, donde la violencia no sea el instrumento de dirimir los conflictos sino la participación ciudadana a través de su libre y soberana decisión.

Es lo que soslayan los mandatarios de turno, cada vez que buscan la paz mediante el diálogo con las insurgencias, pero con ventajismo, con exigencia de unilateralidad y sin interés por los cambios de fondo en la vida nacional. El diálogo siempre está acompañado del martillo de la guerra, con la intención siempre fracasada de llevar derrotados a los guerrilleros a la mesa para negociar su rendición.

En estos días en que el presidente Santos anunció la decisión de conversar sobre el “Fin del conflicto” y por ende sobre los temas concretos de bajar la intensidad de la confrontación y del cese de fuegos bilateral y definitivo, se repite la historia, porque las buenas noticias, en general, están acompañadas, en particular, de exigencias unilaterales que se brincan el criterio de bilateralidad y de actos recíprocos propios del espíritu del Acuerdo de La Habana.

La guerrilla prescindió de las “retenciones económicas”, declaró cinco treguas unilaterales, la última indefinida, y liberó a los militares retenidos, entre ellos al general Alzate, y el Gobierno de Santos que no ha dado nada, sigue exigiendo más “demostraciones de voluntad” para concretar los puntos del fin del conflicto, mientras apuntala el neoliberalismo y la represión. De seguir por ese camino será muy difícil llegar a la paz estable y duradera.

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