Víctima de Crímenes de Estado
Bogotá, Colombia.

Por: Mariana Reyes

Todavía hacía frío cuando encontré a Claudio Tique con su espalda apoyada en la baranda de la estación de Transmilenio de Patio Bonito, mientras su mirada clavada en el celular mantenía una sonrisa.  Un hombre ya mayor, con la piel curtida por la misma experiencia, no muy alto, con manos ásperas y arrugadas por el sol. Manos de quien ha trabajado la tierra y dueño de un particular reflejo de esperanza manifiesto en su mirada.

A pesar de ser nuestro primer encuentro su saludo fue caluroso, sus brazos fuertes rodearon mi cuello, me tomó por el brazo invitándome a caminar hacia a su casa, situada a dos cuadras de la estación. Así podríamos darle inicio a lo que sería una serie de relatos cargados de dolor y sufrimiento, inconformismo, de resistencia y de mucha entereza.

Al llegar me encontré parada en un terreno en donde hacen la separación de productos reciclables. A un costado del terreno, un plástico sostenido por palos y un par de latas ya oxidadas, bajo el plástico una mesa de madera, dos butacas también en madera y sobre la mesa una olla pequeña con café hirviendo, dos posillos y don Claudio dispuesto a contarme su historia.

Su nombre de pila: Claudio Tique Briñes, campesino nacido en Ortega-Tolima en 1943 y hoy a sus setenta y cinco años,  hace parte de la larga lista de victimas que han dejado los crímenes cometidos por el Estado.

En 1954 se trasladó en compañía de sus padres y hermanos a Puerto Boyacá, allá aprendió de la minería y trabajó durante tres años. Cumplidos los tres años de trabajo duro para ayudar en casa a sus padres, con tan sólo catorce años, sufrió lo que fue su primer desplazamiento forzado a manos de la guerrilla de las FARC. Y consigno aquí el primer desplazamiento ya que a éste le siguieron cuatro más.

Los recuerdos  de sus catorce años y los que siguen son vagos, sonríe cuando piensa en sus padres y hermanos, pero a su mente parecen no llegar situaciones concretas. En su historia hay un salto en el tiempo; es difícil hacerlo recordar qué pasó durante los años que le siguieron a ese primer suceso.  Pero recuerda con claridad los momentos efímeros que lo llenaron de felicidad, esos que aparecieron a finales de la década del 70 cuando la vida lo llevó a Girardot, donde conoció a María, una mujer fuerte de carácter, brava, según comenta, pero con la dulzura y compromiso que la harían convertirse en su compañera.



En 1983, de la mano de María,  ya con dos hijos vivieron el primer desplazamiento en familia y el segundo para Don Claudio.
Huyendo de la delincuencia común en Girardot llegaron hasta Mapiripán en el departamento del Meta, en donde finalmente encontraron la estabilidad y tranquilidad que tanto andaban buscando.

–“Construí una casita perfecta para los cuatro, teníamos gallinas,  dos o tres vacas y sembrábamos lo que nos íbamos a comer y lo que vendíamos los domingos en el mercado. En el 85 María quedó otra vez  en embarazo y la alegría fue tremenda. La familia se hacía cada vez más grande, los dos hijos ya estaban para ayudarme a mí y a su mamá en los quehaceres, ya teníamos nuestra casa bien linda,  con terneros para comercializar y eso nos daba la posibilidad de vivir tranquilos en el campo, sin apuros y así fue durante catorce años”-.

Hasta que llegó el 15 de julio de 1997 y ocurrió lo que ningún habitante hubiera podido imaginar: La masacre de Mapiripán.

Sus ojos se bañaron en lágrimas y con la voz entrecortada comenzó a narrar imágenes, sonidos compuestos por llantos, gritos y tiros.

-“Eran las AUC, paramilitares entrando por tierra en camiones y otros por agua,  yo sólo escuchaba la balacera, tiros al aire y a las personas que ellos consideraban eran colaboradores de las FARC, ahí mataron a varios compañeros. Los gritos de las mujeres y el llanto de los niños. Los animales tampoco se callaban, eso era más bien como una tormenta que no quería pasar.  Y yo sólo podía pensar en mi María y en mis hijos. Ahí fue que nos tocó salir corriendo con lo que pudiéramos cargar”-.

Vi en él un hombre fuerte con un rostro cansado, lleno de dolor y sufrimiento, de vivencias que injustamente marcaron, sin remedio alguno, sus recuerdos. Con sus manos cuarteadas limpiaba las lagrimas que ya iban a la altura de sus mejillas, pasaba el llanto con un trago de café oscuro e intentaba mantener su voz firme ante sus quebrantadas emociones.

“Esa noche lo único que me importaba era que toda la familia quedara completa. Intenté mantenernos juntos, caminar unidos lo que más pude, pero en un punto ya no había caso, tomé en minutos la decisión de mandar a María con los dos hijos menores para donde una hermana de ella en el Guaviare, mi idea era venirme para Bogotá con el hijo mayor, pero lo mataron en medio de la balacera. Y no me va creer que ya en Bogotá me volvieron a desplazar, esta vez, como en Girardot, fue la delincuencia común. Así que agarré para Charra, allá en el Guaviare donde sabía que vivía la hermana de María, a buscarla, a abrazar a mis dos hijos  y pues a contarle que el mayor ya no estaba más, que lo habían matado a balazos, no sé si el ejercito o los paramilitares que estaban trabajando en conjunto”-.


Don Claudio llegó en el 98 a Charra en donde encontró a su María con sólo uno de los hijos, pues según me contó sin mayor detalle, el otro estaba desaparecido desde la masacre de Mapiripán; María le había perdido la pista en medio de la huída y tan sólo con el menor agarrado fuertemente de la mano fue que logró mantenerlo cerca y con vida. Una vez más las lagrimas surcaron su rostro; me tomó de la mano y la apretó con fuerza, mientras yo con la otra le abrazaba la espalda.

La historia se repitió una vez más, de Charra fueron desplazados, y en esta ocasión, fue él quien perdió la pista de María y su hijo.


En el 2005 Don Claudio volvió a Bogotá. Sin esposa e hijo se instaló en lo que hoy es su casa. Retazos de plástico, madera y latas. Una cama inestable, sin luz ni agua potable. Tan sólo él en una casa compuesta por un baño hecho de demoliciones y sin sistema de alcantarillado, una habitación en la que cada vez que llueve debe salir de ella y una cocineta improvisada en la que hierve el agua para su café o agua de panela.

– “¿Le parece a usted justo vivir así? Después de haber tenido mi terreno con mis pollos y vacas, las hortalizas que nos daban de comer, una casa que se hacía más grande con el trabajo de toda la familia, para pasar a vivir en esto, en medio de esto…”-.

Me quedé sin palabras. No supe que decir. Fueron mis ojos los que se llenaron esta vez de lágrimas. –“No, no me parece justo”-  le respondí mientras él no dejaba de mirarme, su mirada clavada en la mía y yo intentando evadirla. Evidentemente no es justo, es más bien un claro ejemplo de lo que significa la injusticia, una de las tantas maneras en las que se manifiesta en este país.

Continuó su relato intentando acallar el dolor que brotaba por sus ojos  y en el transcurso vi como iba cambiando su semblante, ese particular reflejo de esperanza volvió a sus ojos.  

–“Yo le voy a decir que este viejo no se rinde, ni baja la guardia. Mi lucha es por la verdad, porque cuando hay verdad también hay poder, la verdad nuestra, la de los desplazados, sobrevivientes de masacres, es decir, la verdad del campo. Lo que el campesino ha vivido se debe guardar en la memoria colectiva, porque también cuenta la historia de Colombia. Ahora somos reclamantes de tierra y la lucha continúa, queremos que el Gobierno por vez primera nos cumpla”-.

Don Claudio hace parte del MOVICE (Movimiento de Victimas de Crímenes de Estado) y también asiste a cada una de las reuniones que organiza  ASPODEGUA (Asociación de Población Desplazada del Guaviare). Comprometido con las causas sociales, políticamente activo y lleno de entereza y vida. Un hombre que lucha a diario por ver un cambio con justicia social.

El tiempo había corrido en medio de su relato y él ya debía estar en el parqueadero de un centro comercial cercano, dice él ‘limosneando’, por que no tiene un sueldo fijo, vive de lo que le quieran dar los dueños de los carros. Con eso reúne los cincuenta mil pesos mensuales que debe pagar por el arriendo del pedazo de tierra donde lo dejaron poner latas y plásticos, con eso come y con las ayudas que recibe por parte de las organizaciones con las que trabaja.

Llegó el momento de despedirnos. Me acompañó hasta la estación de Transmilenio, no sin antes tomarnos un tinto en la panadería donde él generalmente desayuna.  

-“Trabajemos unidos. Hablamos de Derechos Humanos y esto significa respetar su vida como sea, que es lo que no se respeta. Asesinan a nuestros hijos, mujeres, compañeros, a los campesinos reclamantes de tierras, pero todavía estamos los que, así estemos viejos, queremos un lugar mejor para los que vienen”-.

Nos levantamos de la mesa y salimos hacia la estación. El abrazo de despedida fue aún más fuerte que el mismo saludo caluroso, no quería soltarlo, tampoco quería dejarlo ahí solo, me hizo prometerle que sería yo quien seguiría su historia como reclamante de tierras, un proceso largo y lleno de piedras, nos pusimos cita seguido de un último abrazo.

Quedé con un sin sabor, un nudo en la garganta, que creo, es difícil de soltar. Intento que perduren más bien, sus últimas palabras. Se repite en mí indefinidamente el concepto que se amplía cuando de resistencia, y repito, de la verdadera entereza, se habla, palabras que definen a Claudio Tique Briñes, un hombre digno de admirar.

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Comunicación, Galerías Claudio Tique: “Mi lucha es por la verdad”